Cortés
El apellido Cortés pertenece al grupo de los quince llinatges, los linajes históricamente identificados por la sociedad mallorquina como propios de los descendientes de judeoconversos insulares. Estos quince apellidos —entre los que figuran Aguiló, Bonnín, Fortesa, Fuster, Martí, Miró, Picó, Pomar, Segura, Tarongí, Valentí, Valleriola, Valls, Zanglada y el propio Cortés— funcionaron durante siglos como una marca social indeleble que separaba a sus portadores del resto de la población cristiana vieja. La fijación de esa lista no respondió a un decreto único ni a una lógica jurídica perfectamente coherente, sino que se fue consolidando a través de la práctica social, los registros inquisitoriales y la memoria colectiva de la isla, de modo que pertenecer a cualquiera de esos linajes equivalía, para el imaginario popular mallorquín, a descender de los conversos perseguidos en los grandes procesos de finales del siglo XVII.
El origen del apellido Cortés como tal es románico y de amplia difusión peninsular e insular. Su étimo remite al latín cohors o curtis, que aludía al recinto, la corte o el espacio cerrado de una hacienda, y de ahí derivó el adjetivo cortés con el sentido de «de la corte» o «urbano», «refinado». Es un apellido documentado tanto entre familias de origen cristiano viejo como entre familias conversas, y eso mismo ilustra una realidad importante: no todos los apellidos de los xuetes son de raíz hebrea o aramea, ni delatan por su morfología una procedencia judía inequívoca. En el caso de Mallorca, lo que convirtió a Cortés en un apellido xueta no fue su etimología sino el hecho de que determinadas familias que lo portaban quedaron inscritas en los procesos inquisitoriales y en la memoria social como pertenecientes a los linajes afectados por las condenas de finales del seiscientos.
El contexto histórico decisivo para entender cualquiera de los quince llinatges son los grandes procesos inquisitoriales de 1679 a 1691, conocidos popularmente como las delataciones, en los que decenas de conversos mallorquines fueron acusados de judaizar en secreto, es decir, de mantener prácticas religiosas judías en la intimidad del hogar mientras profesaban públicamente el catolicismo. Esos procesos culminaron en los autos de fe de 1691, que supusieron la ejecución en efigie o en persona de un número significativo de reos y marcaron a sus familias y descendientes con una infamia que el tiempo tardó muchísimo en borrar. A partir de ese momento, los apellidos de los condenados o procesados quedaron estigmatizados, y Cortés, presente entre esas familias, quedó incorporado de manera definitiva al catálogo de los llinatges perseguidos.
La vida cotidiana de quienes llevaban el apellido Cortés en los siglos posteriores a esos procesos estuvo marcada por la segregación urbana y social. Los xuetes habitaban fundamentalmente el Call o barrio histórico de Palma, y tenían restringido el acceso a determinados gremios, cargos eclesiásticos, honores militares y cofradías. La endogamia fue durante generaciones una consecuencia tanto de esa exclusión como de la cohesión interna de la propia comunidad, que desarrolló redes de solidaridad, comercio y matrimonio propias. Esa endogamia contribuyó a que los quince apellidos se perpetuaran como bloque reconocible, y a que alguien llamado Cortés en Mallorca en el siglo XVIII o XIX fuese identificado de inmediato como xueta con independencia de sus creencias personales o de las de sus antepasados inmediatos.
El siglo XX trajo transformaciones profundas. La modernización social, la secularización, los movimientos migratorios y, sobre todo, la paulatina disolución de los mecanismos formales e informales de discriminación fueron abriendo espacios de integración que antes estaban vedados. Hoy el apellido Cortés en Mallorca no conlleva ninguna consecuencia jurídica ni social de exclusión, aunque la memoria de la comunidad xueta sigue viva gracias a la investigación histórica, a las iniciativas de recuperación de la memoria sefardí y a asociaciones que trabajan para que ese pasado sea conocido y reconocido con dignidad. Algunos portadores del apellido y de los otros llinatges han iniciado en las últimas décadas procesos de reconnexión con el judaísmo, amparados en legislaciones de retorno o simplemente en una búsqueda personal de identidad, lo que convierte la historia de los xuetes en un relato que no pertenece solo al pasado sino también al presente.